Alambique de vestigios

Una utopía puso al poeta Fran Picón en mi camino un bendito invierno ya algo lejano.
Meses después, mientras perdíamos las miradas hacia el interior del Mar Cantábrico rodeados de escritores amigos, fue parido un proyecto literario que nos llevó a compartir cartel por toda la geografía española y mediante el que logramos compatibilizar dos géneros en apariencia incompatibles: poesía y novela negra.
A lo largo de ese viaje he podido observar que el poeta Fran Picón no tiene trampa ni cartón. Escribe como es, y siente como escribe.
Artífice magister de la metáfora –convengamos con Marcel Proust, en decir que solo una metáfora puede dar una suerte de eternidad al estilo-, alquimista del verso, nos sorprende con un singular alambique que, en constante y cuidada ebullición, no deja de liberar esencias: las palabras, combinadas de forma maestra como bien sabe, no obteniendo otro resultado que los versos que recoge, como si de una crátera se tratara, en le presente texto listo para libar.
Prueba de su calado como poeta es el público que congrega –a los mimbres, dice el refrán, les gusta estar siempre en la lengua del río- en las innumerables veladas literarias que organiza. Pero su poesía “de corriente mansa y grave” como diría José Mª Pemán, no es un alarde egoísta sino que, usando una imagen de Garcilaso de la Vega “corrientes de aguas, puras, cristalinas”: sus versos, sirven de espejo tanto de su magnitud como poeta (quizás, a mi parecer, el mejor poeta vivo de Aragón), y como persona. Por cierto que él, en su modestia e infinita generosidad, sonríe al tiempo que lo considera una exageración. Pero yo, cuando se lo digo, nunca me río… (Javier Abelardo, escritor)