Improntas a dos voces

Quadrivium, 2015

Mayte Guerrero en los relatos; Francisco J. Picón en los poemas.

El texto que tienen en sus manos trata de las contingencias, de los encuentros y, de manera muy especial, del acto de crear allí donde las preguntas van surgiendo, incluso donde se obstinan en salir. En Improntas a dos voces, Mayte Guerrero, en tándem con Fran Picón, de manera casi lúdica, mediado por la espontaneidad –un texto que se envía, una respuesta que se cierne (no hay verdad que selle el texto precedente)-, dejándose sorprender por la respuesta del otro (la sorpresa es el acicate para el texto siguiente), van gestando, armando, casi solo, digamos que con lo que a cada uno quema en el momento en que se desarrolla la escritura, el libro que le invitamos a leer. Solo así es posible avanzar dejándose llevar cada cual por su deseo.

            Un texto abre la pregunta al texto que precede creando un espacio don la invención –el arte lato sensu- pude ser posible. Investigando los enveses de la trama, como debe ser, no hay pretexto que valga: se trata de ir más allá del texto. A modo de dueto, como si de una obra musical se tratara (la armonía teje tanto la prosa como el verso), Improntas a dos voces  no es meramente un diálogo: siendo fruto de un encuentro, lo que cabe leer es la diferencia. Lo que verdaderamente llama la atención es como cada uno desarrolló su particular forma de gozar en la creación. Y es que no se puede escribir de otra manera, sino desde la diferencia. Una escritura no es igual a otra. Un deseo no es igual a otro. Lo idéntico mata, la diferencia crea. Goce de lo irrepetible.

Los grandes protagonistas de este libro, que no se agota en la concreción de las personas; ni en los lugares comunes de la sensiblería sentimentaloide, son las palabras, la escritura, el goce, el cuerpo y, cómo no, el amor; pero no un amor desobjetivizado. Por suerte las palabras hacen las cosas, las hacen existir, pero a la vez, las dejan en una indeterminación paradójicamente segura. Pero también por suerte existe la diferencia, no solo en el sexo (se trata de algo más que de un hombre y una mujer), sino en el deseo, ese que asegura la búsqueda y el encuentro.

Entonces, cada texto que da cuerpo a Improntas a dos voces, abre la puerta a la intimidad, a la subjetividad, tal vez a la identidad y por ende, a lo propio; pero también tiene que ver con lo desconocido de cada cual, parte que asegura el cambio y asegura la creación.

Pedro López Navarro (editor)